El ACERO

2 Historia del acero

La historia del acero comienza en la llamada Edad de los Metales, período que marcó la transición hacia los tiempos históricos. Aunque no fue un suceso simultáneo, ya que cada región tuvo sus progresos propios, el hombre del Neolítico, al descubrir cómo trabajar los metales, dio un paso gigantesco hacia la formación de civilizaciones.

Alrededor de 5.000 años AC, el hombre aprendió a utilizar el cobre y luego, resultado de la aleación con estaño, descubrió el bronce. Posteriormente, aprendió a trabajar el hierro, material mucho más duro y resistente. Así, el período comprendido entre el 800 año AC, aproximadamente, y el siglo I DC se conoció como la Edad del Hierro.


2.1 El descubrimiento del hierro

Los metales, salvo el mercurio, el oro y en ciertos casos la plata, no se encuentran en estado natural, sino más bien combinados en forma de minerales.

El hierro puede ser extraído mediante un proceso llamado reducción por carbón. Esto consiste en calentar el mineral, que contiene oxígeno, en presencia de carbón. Este último captura parte del oxígeno que se libera, se combina con él, liberando así el metal del oxígeno. El metal queda puro.

El hombre aplicaba fuego al tratar los distintos materiales de que iba disponiendo. Es probable que este fuego fuera producido por la combustión de madera o carbón piedra, o mezclas de ambos, lo que en algún momento favoreció la mezcla del mineral con la fuente de calentamiento.

El hierro aparece entonces de la reducción de sus minerales, proceso que necesita una temperatura menor al punto de fusión . Se forma una esponja metálica que, al ser golpeada, libera la escoria (impurezas), permitiendo trabajar el metal que se convierte en una masa compacta y versátil.

La metalurgia en general y los usos que se dieron al hierro, dieron un gran impulso a la agricultura. Se construyeron hachas que permitieron, junto a las otras herramientas, ampliar las zonas de cultivo; se mejoraron las armas; se comenzaron a hacer utensilios agrícolas más duraderos y más sofisticados; se inventó el arado tirado por animales; se levantaron también diques y obras de regadío, todo lo cual permitió dar un paso trascendental en la historia del hombre.
   
2.2 Inicios en la fabricación de acero

En este proceso de descubrimiento paulatino de las ventajas de trabajar el hierro, el hombre se dio cuenta de que el tratamiento de los minerales con carbón y su enfriado daba origen a un metal más resistente que el cobre, más abundante y mucho más fácil de obtener, y que si el período de calentamiento era más largo, aumentaba su pureza y su dureza. Se pensó entonces que el acero era la forma más pura del hierro.

Sin embargo, el acero se obtiene en forma similar, pero aumentando la temperatura y con una combinación de carbono (menos de 2%). Es por esto que hoy en día todas las aleaciones producidas hasta el siglo XIV DC se clasifican como fierro forjado. Los primeros artesanos del hierro ocuparon la misma forma de extraer el hierro del mineral, es decir, calentándolo con carbón y separando la escoria. Accidentalmente aprendieron a fabricar acero al calentar fierro forjado con carbón vegetal por varios días, logrando así que el hierro absorbiera suficiente carbón para convertirse en acero auténtico.
   

En el siglo XIV se mejoró la técnica al aumentar el tamaño de los hornos de fundición y se incrementó el tiro de los mismos para forzar el paso de los gases de combustión por la mezcla de materias primas. El mineral se reducía a hierro y luego con el paso de los gases, se lograba el arrabio, una aleación de hierro que se funde a una temperatura menor que el acero y que contiene gran cantidad de carbono (sobre 1,5%). Luego este arrabio se refinaba para fabricar acero.

En 1774, el sueco Swen Rinman logró establecer de forma científica la diferencia entre el fierro forjado y el acero: la cantidad de carbono que se combina con el hierro debe ser inferior al 2%.

 


Durante el siglo XIX hubo un gran desarrollo en cuanto a la optimización de los procesos de fabricación de acero, el que se consolidó gracias al británico Henry Bessemer, quien en 1856 inventó el horno o convertidor que lleva su nombre, y que refina el arrabio mediante chorros de aire. Este desarrollo permitió aumentar la producción y crear nuevas aleaciones de acero.

Pero fue sólo a partir de la década de 1960 que comenzaron a funcionar los hornos que emplean electricidad para producir acero a partir de la chatarra, denominación que recibe el acero usado.

   
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