INTRODUCCIÓN.

 




 







A partir de la Revolución Industrial , y en particular desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, el modelo de desarrollo que se ha ido imponiendo en prácticamente todos los países, ha generado profundos trastornos en la biosfera. Los adelantos tecnológicos han permitido explotar los recursos naturales a un ritmo nunca antes conocido. Ello ha venido acompañado de un rápido aumento en la población, la cual se ha duplicado en los últimos cincuenta años. Satisfacer sus ilimitadas aspiraciones impone una difícil carga a los ecosistemas.

A partir de 1970, la humanidad tomó conciencia de la contradicción entre la aspiración a un crecimiento ilimitado en los patrones de consumo, y los límites de la biosfera. Desde entonces, proliferaron los discursos a favor del medio ambiente, tanto entre autoridades gubernamentales como empresariales. La comunidad científica fue aportando creciente evidencia del deterioro ambiental, y las organizaciones ciudadanas impulsaron campañas de denuncia, tendientes a elevar el nivel de sensibilización de la población.

A pesar de todos los esfuerzos, no se ha logrado introducir un cambio profundo en las conductas de las personas, tendiente a restablecer el equilibrio entre la especie humana y la naturaleza. El individualismo reinante constituye un obstáculo a la hora de cambiar estilos de vida que amenazan el desarrollo pleno de todas las formas de vida del planeta. Para la mayoría de los adultos, lo “fácil” y lo “rápido” son opciones intransables, especialmente si estas conductas se dan en el anonimato del hogar, a la hora de separar la basura para que sea reciclada, o de cerrar la llave para ahorra agua potable mientras se lava los dientes. Desgraciadamente, el sentir de las grandes mayorías no incluye estar dispuestos a sacrificar su comodidad por pensar en las futuras generaciones, o en personas de escasos recursos.

A pesar de las dificultades, es indispensable que la especie humana cambie el rumbo de sus opciones individuales y colectivas.

Si bien es posible implementar estrictas regulaciones y sistemas de fiscalización, la mejor opción es trabajar en el origen de las conductas y las actitudes: los valores. Debido a que los valores se plasman en la infancia, antes de los seis años de edad, trabajar la educación ambiental con los párvulos es una opción inteligente. Otra buena razón es que los corazones de los adultos normalmente están abiertos a recibir los mensajes que provienen de sus hijos, especialmente si ellos se refieren a su propio bienestar. Trabajar con los niños es una amplia puerta de entrada para influir en las conductas de los padres.

Por otra parte, la Reforma Educacional que actualmente impulsa el Ministerio de Educación de Chile, apunta también a formar individuos con plenas capacidades para actuar como ciudadanos responsables de su entorno. Nuestro interés al presentar este material es de contribuir con esta misión y promover entre los más pequeños y sus familiares, el cambio de conducta que el ecosistema requiere con urgencia.

“Terralba” ha sido concebida como una herramienta de apoyo teórico-práctico para el educador y la educadora de párvulos, en el ejercicio de la adquisición de conceptos valóricos y su consecuente aplicación en temas ambientales. Una educación para el desarrollo sustentable busca promover en los niños y niñas (en adelante, niñ@s), valores como el Respeto, Responsabilidad, Cooperación, Austeridad, Solidaridad y Libertad, que hagan posible que, en el futuro, su actuación sobre el medio les permita transformarse, a través de ese mismo proceso de construcción del mundo, en individuos plenos.

En ello, el rol de los educadores y educadoras de párvulos es ineludible, y la educación en valores para el desarrollo sustentable es un desafío, no sólo como profesional sino a nivel personal. La forma de trasmitir los valores es a través del ejemplo personal.



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